Los Mayas

Preclásico inferior (h. 2000-1000 a. C.)

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Todo progreso en el desarrollo agrícola siempre va unido a una fuerte necesidad de ordenar el espacio y conocer los ciclos astronómicos y meteorológicos. Para el caso de Mesoamérica, la urgencia que cobró tal necesidad eventualmente daría origen al calendario, precisamente uno de los rasgos más distintivos de esta superárea cultural. A la postre, de todas las culturas que allí habitaron, serían precisamente los mayas quienes habrían de refinar el calendario hasta niveles superlativos de complejidad y precisión matemática, aunque para ello aún debemos esperar varios siglos más.

También el campo de cultivo (llamado kol en lengua maya y milpa en nawatl) no tardaría en convertirse en un espacio sagrado, limpio de malezas, bañado por los protectores rayos del benevolente dios solar, es decir, todo lo opuesto a los densos bosques y las rocosas cuevas donde apenas penetraba la luz y el calor, infestados de serpientes y criaturas aún peores. La milpa bien pudo ser un principio para ordenar el cosmos, pues aún hoy sigue siendo considerado un espacio cuadrado, cuidadosamente delimitado, con cuatro esquinas orientadas hacia los rumbos cardinales y un centro. Por extensión, esta división cuatripartita comenzó a aplicarse a los pueblos y ciudades construidos a partir del Preclásico inferior, o antes, ya que conceptos mitológicos originados muchos siglos atrás describían así la estructura del cosmos mismo.

Aún incipientes en el método, los agricultores del Preclásico inferior —algunos de ellos ya mayas— dependieron en gran medida de un rudimentario sistema de cultivo que pronto cobraría gran difusión, llamado de roza y quema, o bien de milpa. Consistía en limpiar la tierra de hierbas silvestres y árboles, que posteriormente eran quemados. Las cenizas resultantes hacían las veces de fertilizante y, una vez preparado el suelo de esta forma, podían sembrarse en él los granos cuidadosamente seleccionados. Tal sistema se conoce como rotativo, debido a que únicamente permite dos o tres cosechas consecutivas, tras las cuales se agotaban los nutrientes esenciales del suelo. Entonces debía dejarse descansar durante al menos cinco años, antes de reutilizarlo, lo cual implicaba seleccionar una nueva parcela cada vez que daba inicio un nuevo ciclo, exigiendo con ello grandes extensiones de terreno para resultar eficaz.

Por simple que parezca, el éxito del sistema de roza y quema dependió en gran medida de una cuidadosa sincronización con los ciclos naturales, particularmente con el comienzo de la temporada de lluvias, pues cualquier excesiva anticipación o retraso podía tener consecuencias catastróficas en las cosechas, de las cuales dependían comunidades enteras para su subsistencia. De este modo, sobraban los motivos para buscar métodos más eficaces, menos vulnerables a las inclemencias del tiempo y los vaivenes meteorológicos.

Uno de los resultados de estos profundos cambios en gestación, según opinan numerosos expertos, fue que algunas de las mayores ciudades mayas bien pudieron haber trascendido al precario sistema de roza y quema desde algún momento del Preclásico (h. 2000 a. C. - 250 d. C.). Ello implicaría que debieron contar con tecnologías agrícolas más intensivas, a juzgar por las enormes poblaciones que fueron capaces de sustentar en entornos tan poco favorables. Entre las soluciones de las que se habrían valido para intensificar la producción a tales niveles, aparecen en primer término los campos artificialmente levantados, los extensos sistemas de terrazas y las obras hidráulicas de gran envergadura, incluyendo sistemas de canales y represas.

Las terrazas se construían en las laderas de montañas y muchas veces se reforzaban con muros de mampostería, formando así grandes cajones, capaces de aprisionar la tierra arrastrada por los deslaves, rica en nutrientes. Ello permitía incrementar significativamente no sólo el rendimiento de las cosechas, sino también su frecuencia. Cientos de miles de terrazas han sido detectadas en Campeche y otras regiones de la península de Yucatán. En contraste, los campos levantados consisten en el apilamiento de desechos orgánicos, suelos y vegetación en montículos relativamente rectangulares, rodeados de canales de agua, que configuran una retícula de tierra constantemente irrigada, solución verdaderamente ingeniosa que permite aprovechar inclusive áreas pantanosas como los bajos. La magnitud de algunas de estas retículas ancestrales creadas por los mayas para su subsistencia es tal que aún hoy en día puede apreciarse en fotografías aéreas y satelitales.

Así, el paulatino perfeccionamiento de técnicas agrícolas intensivas siguió su curso, lo cual tuvo un impacto favorable en la disponibilidad de recursos de subsistencia que incluían granos y tubérculos capaces de ser almacenados durante todo el año. Tales condiciones propiciaron el establecimiento de villorrios sedentarios, que gradualmente fueron desplazando a las bandas de cazadores-recolectores como estrategia social de subsistencia. Esta nueva forma de vida fue a su vez atrayendo poblaciones cada vez más abundantes, incrementando también con ello la fuerza de trabajo disponible para emprender obras colectivas de mayor envergadura, como las grandes pirámides que pronto aparecerían. De esta forma, los precursores de los mayas superaron su dependencia hacia una agricultura relativamente precaria de roza y quema, valiéndose en cambio de soluciones sofisticadas basadas en el máximo aprovechamiento de una amplia gama de recursos, y no sólo maíz.

El Preclásico inferior fue testigo del desarrollo de las primeras sociedades complejas en Mesoamérica, fenómeno conocido como «el surgimiento del Estado». No debe sorprendernos en absoluto que la especialización y división del trabajo haya fomentado el surgimiento de sociedades fuertemente estratificadas, en las cuales un segmento minoritario de la población fue adquiriendo progresivamente el control político, apoyado en una fuerza coercitiva de tipo militar, aunque también se sustentara por una ideología que afirmaba su derecho a gobernar con base en una supuesta descendencia divina.

Un cambio importante fue la aparición de los primeros tipos de cerámica en las regiones del golfo de México y de las costas del Pacífico, en sitios como Barra y Ocós. Sorprendentemente, estos tipos cerámicos muestran características avanzadas que han hecho pensar en que el conocimiento para producirlos pudo haber llegado desde otra región. De ser así, Sudamérica resultaría el candidato más viable. El surgimiento de la cerámica es un hito en todas las culturas de la humanidad. No pocos arqueólogos la consideran su mejor aliada, ya que facilita enormemente la paciente labor de reconstruir la historia, especialmente en aquellas épocas y regiones carentes de registros escritos, como la que ahora nos ocupa. Mediante la cuidadosa observación sistemática de las diferencias en la forma y decoración de los fragmentos de cerámica, el arqueólogo es capaz de definir «secuencias», las cuales pueden irse refinando progresivamente hasta resultar suficientemente confiables, permitiendo así determinar el fechamiento de eventos y objetos asociados a ellas, con márgenes de precisión de aproximadamente cincuenta o cien años.

Ejemplos de arte olmeca del Preclásico medio. Placa de jadeíta procedente de Río Pesquero, Veracruz, en el Museo de Arte de Cleveland. Dibujo de Linda Schele.

De esta forma, una reducida élite se volvió la encargada de concentrar y administrar la riqueza común, valiéndose para sus propios fines de la fuerza agrícola y laboral de la mayor parte de la población, y basando gran parte de su derecho exclusivo al poder en la fuerza de las armas y el dominio ideológico. En la cima de una pirámide social de este tipo hallaríamos al gobernante, cuya figura bien pronto comenzaría a atribuirse cada vez de mayores facultades y poderes sobrenaturales, a fin de justificar sus privilegios.

Desde aproximadamente el 1200 a. C. comienzan a surgir las primeras grandes civilizaciones propiamente dichas en Mesoamérica, aunque ninguna otra de esta época parece haber logrado un desarrollo comparable al de los llamados olmecas. Este apelativo significa ‘aquellos de la tierra del hule’, y fue acuñado por arqueólogos del siglo XX para aludir a los antiguos habitantes de centros urbanos relativamente grandes, como San Lorenzo, La Venta, Rio Pesquero y Tres Zapotes, ubicados en torno a la llanura costera del golfo de México, a través de los actuales estados mexicanos de Veracruz y Tabasco, entre los ríos Papaloapan y Grijalva. Sin embargo, la influencia olmeca no se limitó a estas áreas y se expandió a zonas como Teopantecuanitlán (en el actual estado de Guerrero) y Chalcatzingo (en el también mexicano estado de Morelos), mientras que dio pie al desarrollo de culturas afines, como las de Tlatilco o Cuicuilco, en el altiplano central de México.

El término olmeca ha sido usado con suma discrecionalidad, factor que oculta el hecho de lo poco conocido que aún nos resulta. ¿Quiénes fueron en realidad estos olmecas? ¿Qué lengua o lenguas hablaron? ¿Cómo adquirieron o desarrollaron las innovaciones técnicas y artísticas de que hacen gala? Si bien difícilmente puede considerárseles como un grupo étnico enteramente homogéneo, las últimas investigaciones no descartan que al menos un segmento minoritario de su población —socialmente encumbrado— haya hablado alguna lengua de la familia mije-sokeana, pues la pronunciada expansión territorial de rasgos y centros olmecas —aunada a la relativa ventaja de que gozaban desde el punto de vista ideológico y técnico sobre la mayoría de los demás grupos— los ubica entre los mejores candidatos a ocupar el nicho de la cultura dominante de su tiempo, en un momento histórico durante el cual otras lenguas de Mesoamérica parecen recibir fuertes influencias de origen mije-sokeano, incluyendo «préstamos lingüísticos» o «calcos léxicos» (términos usados por los lingüistas para denotar la introducción de palabras de una lengua en otra).

Así, de una forma no muy distinta a la gran difusión de la que goza el idioma inglés en nuestro tiempo, se ha planteado que la abundancia de términos mijesokeanos asimilados por otras lenguas mesoamericanas podría derivar de la época en que la civilización olmeca ejerció su influencia en una porción importante del territorio de Mesoamérica. Investigaciones posteriores podrían apoyar tal teoría, pues ciertos rasgos de su cultura material, incluyendo tipos cerámicos y convenciones escultóricas, acaso podrían revelar afinidades con grupos posteriores, llamados «epi-olmecas» o «istmeños», portadores ya de una escritura sumamente desarrollada, cuya sintaxis podría mostrar ciertas peculiaridades propias de lenguas mije-sokeanas.

Anteriormente considerada la «cultura madre» de Mesoamérica, hoy sabemos que la civilización olmeca fue contemporánea de otras que florecieron en la cuenca de México, el valle de Oaxaca y la costa pacífica. En sus orígenes, los olmecas se asentaron en sitios costeros tempranamente, adaptándose posteriormente a un entorno ribereño de tierras bajas donde establecieron sus ciudades principales, las cuales ya contaban con grandes montículos con templos en su parte superior, precursores de las posteriores pirámides o basamentos escalonados. En su escultura, lograron desarrollar un arte espléndido, centrado en motivos religiosos como la figura del «bebé-jaguar», aunque también contaron con versiones prototípicas de los dioses de la lluvia y del maíz. Destacan en este renglón las colosales cabezas olmecas, monolitos que en ocasiones sobrepasan las tres toneladas de peso, de los cuales se han encontrado más de treinta ejemplares hasta la fecha. También es admirable la maestría que alcanzaron en la talla de objetos portátiles hechos de jadeíta o de piedra serpentina. Actualmente se debate si los olmecas contaban ya con un sistema de escritura plenamente desarrollado o únicamente con una iconografía altamente codificada. Lo primero implicaría que habrían sido capaces de registrar los sonidos de su lengua con fidelidad, y con ello los nombres de sus gobernantes y ciudades. Lo segundo los habría limitado a preservar únicamente conceptos expresados gráficamente, a expensas de la precisión que únicamente puede otorgar el lenguaje escrito. Como quiera que haya sido, el impacto olmeca sobre la cultura maya del Preclásico es apreciable en sitios que abarcan desde Chalchuapa, en El Salvador, hasta San Bartolo, en el Petén guatemalteco.

Los escasos vestigios arqueológicos de una antigüedad comparable que se conocen en el área maya nos hablan de asentamientos más bien modestos, donde la gente construía viviendas simples de materiales perecederos, según la evidencia recuperada en el sitio de Cuello, Belice, que documenta catorce fases de desarrollo arquitectónico entre el 1200 y el 800 a. C. Es aquí cuando surgen los primeros tipos cerámicos en las tierras bajas mayas, correspondientes a la llamada fase Swasey (1200-900 a. C.), de diseño relativamente simple, aunque con sólidas bases técnicas, bien diferenciados de los tipos producidos en las regiones del golfo de México, la costa del Pacífico o las tierras altas mayas. También en esta época comienzan a aparecer entierros sofisticados en el mundo maya que denotan su participación en amplias redes de comercio a larga distancia, incluyendo conchas del tipo Spondylus y pendientes de jadeíta azul, probablemente de origen olmeca.

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